14 de julio de 2007
Se enfrenta vaquero a polis en un ‘duelo’
Se enfrenta vaquero a polis en un ‘duelo’Saca resortera para agredir a ‘sheriffes’. Porque querían aplicarle una revisión de rutina se enojó con los agentes estatales
Israel Piña
Cual vaquero del viejo oeste, con texana y cinturón de hebilla ancha, dio la espalda a los policías, caminó un par de pasos y sorpresivamente volvió a voltearse para sacar el arma con la que opondría resistencia: una resortera de madera.
José de Jesús Saavedra Salcido, de 37 años, se rehusó a que policías estatales lo revisaran luego que lo encontraron en la calle con cerveza en mano.
Por eso dio la espalda y luego se abalanzó sobre los uniformados para propinarles algunos golpes con una resortera de aproximadamente 50 centímetros de largo, que traía fajada al pantalón y cubierta por su larga gabardina norteña color caqui.
La batalla duró muy poco, pues pronto los oficiales Christian Borja Rodríguez y Jesús Flores Macías lograron repeler los ‘resorterazos’ de Saavedra Salcido.
Sin embargo, los oficiales no se irían ‘limpios’, pues el vaquero urbano consiguió impactar más de una vez la resortera sobre el rostro de sus contrincantes y de paso lastimarles la nariz y los hombros.
Cuando todo parecía estar ya bajo el control en la Calle Pedro Neri, en su cruce con la Calle Guillermo Prieto, salieron aproximadamente 15 vecinos para reforzar a Saavedra Salcido.
Con la llegada de “la pandilla” al frente de batalla, los ánimos bélicos volvieron a incendiarse en la Colonia Lomas del Paraíso, en el Municipio de Guadalajara.
Pese a todos los esfuerzos de los vecinos por evitar que los policías estatales arrestaran al vaquero de texana armado con un resortera hecha con un leño, éste fue subido a la patrulla y esposado en la misma.
Con la resignación del perdedor y con el rostro sonrosado por el alcohol y por el enfrentamiento librado, Saavedra Salcido llegó a los separos de la Secretaría de Seguridad Pública del Estado.
“Yo sólo traía media cerveza y por eso me querían traer”, dijo el detenido detrás de los barrotes y ya sin sus accesorios que le daban el ‘aire’ de forajido del viejo oeste.Los policías terminaron en el hospital.
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Apagan niños incendio
La ambulancia y los bomberos de Tlaquepaque no llegaron con la rapidez acostumbrada porque el laberinto que forman las calles de la Colonia Las Flores no lo permiten, pues no tienen nomenclatura ni pavimento, pero sí grandes baches.
Los paramédicos llegaron hasta la casa construida en la punta de un cerro y al lado de un cementerio, en el cruce de Orquídea y Crisantemo, el cual sólo aparece en el mapa porque en realidad no hay más que viviendas que parecen estar amontonadas.
Los técnicos en urgencias vieron desde abajo a los niños entre el humo y las llamas.
"Son nueve menores y están atrapados. Mándame más apoyo porque al parecer están intoxicados", dijo por radio a la cabina del puesto de socorro uno de los paramédicos.
Los rescatistas subieron hasta el lugar por la azotea de otra casa y cayeron en la cuenta de que el reporte era falso: estaban los niños, eran ocho hermanos, cinco hombres y tres mujeres, pero no se encontraban intoxicados ni atrapados.
Sólo estaban allí con botes y cubetas en mano, sonrientes, relajados, como héroes: habían sofocado ellos mismos el fuego antes de que los bomberos llegaran, casi en punto de las 17:00 horas.
El refrigerador, un mueble que fungía como mesa y varias prendas de ropa no se salvaron, pero los menores evitaron que el incendio provocado al parecer por un corto circuito y una fuga de gas se propagara a los hogares contiguos.
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11:24 p.m.
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'Copelas' o cuello, dijo una peluquera
El joven se dijo 'buena onda' le dio la oportunidad a su posible víctima de ofrecer una cantidad mayor para perdonarle la vida
Israel Piña
Guadalajara, México (15 julio 2007).- Además del cabello, una peluquera supuestamente le quería cortar el cuello a un hombre por antiguas deudas.
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24 de abril de 2007
Sin nombre bajo la sombra
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Pa' no mojarse las patas
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16 de abril de 2007
¡Diles que no me maten... mamá!
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31 de marzo de 2007
26 de febrero de 2007
Como el Amor (con todo y mayúscula)
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15 de febrero de 2007
Un poema del Bukowski
Todas las que conozco son putas, ex putas,
locas. Veo hombres con mujeres
tranquilas, amables, los veo en los supermercados,
los veo caminando por las calles juntos,
los veo en sus departamentos: gente en
paz, a menudo horas o días de paz.
Todas las que he conocido son adictas a las pastillas,
alcohólicas, putas, ex putas, locas.
Cuando una se va
llega otra
peor que la anterior.
Veo tantos hombres con chicas tranquilas y limpias
bien vestidas
chicas con caras que no son lobunas
o predatorias.
"No traigan más una puta por acá", les digo a
mis pocos amigos, "me voy a enamorar de una".
"No podrías estar con una buena mujer Bukowsky".
Necesito una buena mujer,
necesito una buena mujer,
más de lo que necesito una máquina de escribir,
más de lo que necesito a mi auto, más
de lo que necesito a Mozart.
Necesito tanto una buena mujer que
puedo saborearla en el aire, puedo sentirla
en la punta de mis dedos,
puedo ver veredas construidas
para que sus pies caminen,
puedo ver almohadas para su cabeza,
puedo sentir mi risa que espera,
puedo verla acariciando un gato,
puedo verla durmiendo,
puedo ver sus pantuflas en el piso.
Sé que existe
pero, ¿Dónde está ella en esta tierra
mientras las putas continúan llegando?
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Israel Piña
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31 de enero de 2007
No sé… ¿cómo te explico?
Siempre me cuesta mucho trabajo empezar. Los finales, por el contrario, me resultan más fáciles. ¿Puedo comenzar por el final, el de nosotros? ¿Por tu último día en este edificio con facha de panteón de pobres? ¿O por las palabras que preferí echar a remojar antes de tenderlas en una carta? ¿Por tu silueta de Gala de espaldas que ya no se asoma a las diez en punto? Aquí estoy, pues, con esta manía por no quedarme callado y buscar, casi siempre con torpeza y sin éxito, algunas palabras certeras para que me entiendas que… Qué tal, Laura. Muy común. ¿Cómo te ha ido en tu nuevo trabajo? No me convence. Caray, cómo te lo digo. Desde que te fuiste, todos los días miro el elevador y me quedo esperando unos cuantos minutos por si llegas, así sin avisar. No, no, no. Este inicio está peor. Sigo, ni modo, ya ando en éstas. Debo apurarme antes de que llegue el doctor Chunga y llame y me diga “¿qué dice hoy el periódico de mí?”. Aquel jueves tenía un buen manojo de cosas que decirte, pero no quería estropear la despedida y cancelar toda posibilidad de reencuentro. Tuve que aguantarme. Lo que no aguanté fueron las ganas de llorar. Claro, aquí en la oficina no; en este lugar no dan ganas de nada, ni siquiera de llorar. Sí, te lo juro, por mi abuelota del rock and roll –como dice mi amigo el Cuevas. Yo, sí, yo, lloré por kilómetros, ¿quién más te iba a llorar aquí? Te lo juro, hubieras visto. Ya sé, dirás que soy muy dramático, pero qué se puede hacer. Aquella mañana en el centro, en la Plaza Universidad, se me reveló algo distinto. No sé. No lo hubiera pensado de una UP de negocios. Cha’, ahí está el timbre del teléfono, tan tedioso, amenazador y burlón, como siempre. “Sí, está bien, el informe de presidencia”. Debo inventar: en el último mes se elevó considerablemente el número de asistencia a eventos sociales. Así no, cambio la frase por actividades de representación. Un momento. Representación, representación, como si de verdad representáramos a alguien. Tendré que mentir, me lo enseñaron porque lo disfrutan. Con atención al Presidente de la República, Felicio Cuarón, y con copia a Rush. Cuántas ficciones pueden meterse en los informes. Qué estupidez, pero es necesario para disimular o cuando menos justificar su pendejismo. Hay que hacerlo. Por tal motivo, Señor Presidente, solicitamos su apoyo para realizar dicho evento y convertir, de esta manera, a Tlacoltitlán en un estado líder y competitivo a nivel global. Cuántas mentiras. ¿Cuántas mentiras le caben a una ambición? No lo sé, pero él es feliz; ella, la hermana, también. Imprimo, lo revisa, firma y dice perfecto. Una carta más a los Reyes Magos de parte de Pinocho. Me dicen que se ha ido. Casi la una de la tarde y continúo. Cómo te explico. Te extraño, como en la canción de Sabina, la que acabo de postear en mi blog. Es en serio. Nadie lo hubiera imaginado. ¿Yo, el más desapegado de los Camacho? Demonios, es la hora de la comida y ni una buena frase. Me coloco como No conectado en el Messenger y me voy, casi huyo. Salgo del edificio hacia el frío que me recuerda ese antiguo camino a la Flaca, en el poniente del D.F. No quiero comer, no quiero nada, sólo caminar por Chapultepec y convencerme de que yo para vos soy como ese que veo desde aquí y probablemente nunca volveré a encontrarme. Camino, uno, dos, tres pasos y me paro sobre la banca, luego brinco hasta la jardinera y enseguida abrazo un árbol. Todos me ven. Dicen que cuando abrazamos un árbol nos conectamos con el centro de la tierra y todo lo superficial desaparece. Pero sigues ahí, no eres nada trivial. Tengo una hora para comer, oficialmente, pero en realidad son dos, como las que se toma la jefa ilegítima. Veo a todos los ejecutivos e intelectuales repartidos en restaurantes y cafés. No cabe duda. No importa comer, sino el estatus. Las personas que sé más esperan la hora de comida y en verdad la disfrutan no están ahí. Ahora mismo conversan y se desahogan en un comedor improvisado en una sala de capacitación tras la demolición del de siempre. La misma calle de regreso, es hermosa, como tú, un poco menos. Ja, juar, juar, ¿así de cursi? Me vale madre, es lo que pienso. Casi dan las tres y me siento a pensar en el inicio de la carta. Había supuesto que sería más fácil escribirla, justo con la facilidad con que vos me tienes aquí pensando en ti y en tu carta. Sin embargo, es una historia poco común. Es una historia de un tipo que está irremediablemente enamorado de una mujer, pero una fuerza sobrenatural identificada sólo por su envidia se empeña en estropearlo todo: ella no se interesa ni en él ni en su carta que con tanta angustia pretende empezar. Vuelvo y en la pantalla encuentro el documento abierto y en blanco. Vuelve a llamar el jefe. Que unas correcciones y otra gran idea. Fácil de ignorar, ridículo, qué risa, increíble. Hago otro esfuerzo por comenzar. Aquella mañana… aquella mañana de noviembre. No doy una. ¿Por qué no aceptar que soy incapaz de hacer esto? No puedo escribir nada. Pero te extraño y no lo soporto más. Esa tarde no quise –no pude tampoco– decirte que andaría semanas enteras de un triste de lo más insoportable. Me harías –me haces– falta. Soy tan ordinario y tú eres tan linda, ¿qué quieres que yo haga sino abandonarme? Cómo evitar este lugar común: las horas son más largas sin vos, sin vos para pelear, sin vos para recibir un desdén o un pequeño regalo. Vos no estás y es suficiente para que yo esté aquí, en una oficina distinta a la tuya, imaginando y lamentado qué hubiera pasado si me hubiera atrevido: tus labios y unas ganas de pasarte mi mano por tu cara, acariciarte despacio, por un siglo y medio más o menos, y tomarte las mejillas, besarte la frente y abrazarte con el mundo pausado por dos o tres semanas. Nunca, nunca, nunca lo hice. Bah, qué cobarde. Llaman a junta de 4:45. Que el equipo, las exportaciones, el gobierno y sus secuaces, los nuevos asesores externos rintintín y no sé qué otras fieras más. Me pierdo, no alcanzo a entender, pero es lo mismo de siempre, lo sé, aunque los demás, unos pocos (dos o tres), me vean perdido y se pregunten en qué pienso. Soy sospechoso e ineficiente, lo confieso. Todo aquel que se atreva a contradecir o de plano no escuche es sospechoso y se convierte en automático en candidato a ser vigilado por la jefatura de la policía ultrasecreta; ilegítima, ya dijimos. Esto también me vale madre. No me importa, como aquel día de la primera junta del año cuando yo sólo podía pensar por qué no querías nada con nadie por ahora. ¿Y después?, te pregunté. No sabías, ni siquiera estabas segura de seguir viva. Luego apagaste la luz para que no viera yo tus defectos. No te preocupes –me dije a mí mismo-, llevo meses tratando de encontrarte una mancha y no he podido. Subiste al elevador, el famoso elevador, y desapareciste. Por favor, necesito saber qué significa exactamente “no fuerces las cosas”. Mis amigas dicen que es una puerta entreabierta pero atrancada por el miedo. No puedo escribir nada. Por la puerta se asoma otra asesora, bien maquillada y con el imprescindible escote. Hola, qué tal, los patrocinios y la Feria. Se para frente a mí. Otra vez la pregunta: ¿no sabes cuándo aterrizamos en un proyecto porque sigo en espera? No pude decirle que se alejara del teatro, del mal teatro, y le dije “estamos planeando” y al mismo tiempo estaba pensando en ti. Alguien me llamó por teléfono y me salvó del ritual previsto; ya está. No es sencillo, siempre cuesta demasiado –a mí por lo menos- escribir lo que uno quisiera escribir. Dicen por ahí que uno escribe lo que puede, no lo que quiere. Ni un borrador, nada, absolutamente nada, la hoja sigue en blanco. Escucho algo de música y ni así. Me puse a recordarte otra vez al detalle para ver si así me salía algo; pasé por tu pelo y por tu piel, por tu contoneo y esa concentración tuya que a veces lastima. Acaricié el árbol que me regalaste (que, por cierto, está reviviendo, cada vez está más verde, déjame te cuento) en lugar de teclear. Casi lloro otra vez pero alguien se me aparece en el momento y basta. “Vine a pagar”, me dice. Aquí no es, vaya con la licenciada Mariela Millán. “Ella me mandó con usted”, me reclama. Qué coraje, las mismas idioteces. Es un error, regrese con ella y disculpe. Váyase ya, ronroneo, no se da cuenta de que quiero inventarte otra vez y volver a leer tu correo de despedida no definitiva. Lo leí cinco veces, tan tierno, y yo sin poder hacer un pobre enunciado. Cómo demonios le habrás hecho para tenerme así, tan encantado con tu cara y con tu alma. Hoy fue un día de esos en que se pueden ver películas en la oficina sin que la jefa se entere y te reporte de inmediato con el todopoderoso y pida indicaciones puntuales sobre el castigo para después anunciártelo tras un beso en la mejilla. ¿Podré escribirte? Por supuesto, concéntrate, empieza -me propuse. Empezar, empezar, empezar. Qué fácil. Me viene a la mente nuestro primer encuentro en la oficina de Cassandra la directora, la Muestra, el pan, los eventos y los grupos, las desmañanadas, tus papás, los corajes y la estocada involuntaria, suave y encubierta para dejarme loco y triste por vos. Yo seguiría enloqueciendo y tú mantendrías incólume tu necio e indestructible “no fuerces las cosas, lo que vaya a pasar pasará”, como si un tronco pudiera quebrarse con la sola mirada, como si uno no tuviera que pegar y pegar con el hacha hasta que por fin cediera. Pienso en Cortázar por eso de “¡No te extraño! Sólo cosas menudas de repente me faltan y quisiera buscarlas: el contento, y la sonrisa”. Me pregunto qué harás en tu nuevo empleo y cómo te iría en tu graduación y si leíste el mensaje que te mandé desde ese frío pueblo. Te imaginé toda feliz, radiante y sonriente al lado tu padre hablando de vos y de tu infancia y de cómo has crecido, estoy orgulloso, y un poco de jazz. Tus compañeros, tu ex novio (¿ex novio todavía?), la música y tu vestido cuidadosamente elegido. El peinado, qué va, seguramente estás más linda que nunca. Casi puedo decir que te veías como Cass, la chica más guapa de la ciudad, el personaje de Bukowsky. Ay, Dios, Gely apaga su computadora y me dice vámonos, ya son las siete. ¿Las siete? Sí, ahora sube don Berumen, “vámonos, jóvenes, qué pues, ¿harán horas extras? Me voy, sean felices”. ¿Cómo irme sin postear esta confesión? ¿Qué te diré por correo? Quiero contestar tu despedida, es el momento preciso. Y debo hacerlo bien, sin amenazar el posible futuro. Me quedo un rato más, Gely, descansas, nos vemos mañana. ¿Y lo que quería decirte? Hablo y hablo y hablo, pero no escribo nada. No escribo que vi por el retrovisor cómo te alejabas y cómo desaparecía tu carro en medio del tráfico y entonces mis ojos brillaron. Me esperé hasta llegar a casa. Antes de abrir la puerta comencé (comenzar, comenzar, comenzar) a llorar y, una vez dentro, enlisté canciones puntillosas y un poco de tequila para tallar tu última imagen. Lloraba y de pronto reía, hace mucho no enloquecía (entiéndase enamorar) como enloquecí por ti. Por eso esa despedida. Tú ahí en tu carro y con prisa. Adiós, suerte, nos vemos, no seas dramático, no me voy a Timbuctú, a menos que tu mujer no te deje. En un minuto la cara se me desencajó. Los dos ahí; yo nervioso, sujetando mis ganas de besarte y tú checando el reloj. Me despedí de ti y en segundos, de golpe, el horizonte se hizo pedacitos. Pero qué poco talento. Faltan cinco minutos para las ocho, todos se han ido y yo sin empezar, ya no terminar, la carta que planeé mandarte hoy mismo. Termina el día y mi rutina ya sin ti, sin tu presencia, mejor dicho. Me hubiera gustado concluir el texto y enviártelo antes de que mañana me pidan otro informe con el lenguaje correcto y podrido de siempre. Estoy harto de los días tan insoportables sin vos. Harto de ser tan sensato y harto de no “forzar las cosas”. Por consiguiente, licenciada en negocios o comercio –o algo así-, Laura con G, prefiero gritarle que la extraño, a usted y a sus pasos en voz alta; estruendosos, quiero decir. La extraño y siento decírselo desde donde no puede oírme. La extraño y me duele; disculpe, usted. Me duele en los ojos, en la piel y en el pecho. La nostalgia que usted me dejó entra como un airecito frío en mi garganta vacía e irritada y cada vez que respiro me cala y me da un tirón desde ahí hasta la nuca. Me estremece, licenciada Laura con G. La presente es sólo para advertirle, no avisarle, que aquí reposa insistente en mi memoria junto con sus burlas, su soberbia y para confirmarle que extraño esa manera tan extraña de hacerme habitable el día con todo eso que no entiendo de usted. Es tan simple, licenciada, tan simple y complicado a la vez. Los precios subieron veinte por ciento, me llega un mensaje; qué me importa, subieron mucho menos que mi amor por usted. Estoy tratando de explicarle todo eso y solicitarle de la manera más atenta una oportunidad, tan sólo una, para volar un rato junto a usted en una tarde que le quede libre.
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18 de enero de 2007
12 de enero de 2007
Tres tristes globos (sin dueño)
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Sin título (no se me ocurrió nada, la mera verdad)
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Antiguo camino a la Flaca
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10 de enero de 2007
Confesiones (3a y última entrega)
Para Laura con G
Qué imbécil me siento. Nunca estuve tan triste.
Como si hubiera perdido la oportunidad, la única.
M. Benedetti
Otra noche sin querer dormir. Algunas noches, si me quedo despierto, puedo atrapar una que otra idea lúcida porque para mí ese terreno está como vedado. Contigo me pasa lo mismo: eres como tierra de nadie en la que se puede esperar todo porque nada hay de la ventana para fuera y cualquier tontería se torna realmente fuerte e importante, y cuando al fin logro comprender una pequeña parte, la entrada de un inesperado destino, inmediatamente estoy un paso adelante y afuera sin que logre entender dónde estuve y a la vez resulta inútil prever los próximos destinos.
Anoche fue una de esas noches. Me quedé por horas tratando de explicarme por qué soy tan irremediablemente estúpido frente a ti. A veces parece que sólo juego a sitiarme en un cuarto insignificante donde soy presa fácil de mis extravíos. Por más movimientos que hago éstos siempre me ubican y me cobran esa estupidez que me produces. Cuando creo estar en el lugar preciso con los dados controlados y algunas cartas bajo la manga, la verdad subterránea emerge y me exhibe en ese cuarto, cercado por mí mismo, porque en realidad tú no has hecho nunca nada diferente: la burla incansable de siempre y los ojos soberbios que no cambian.
Vos sos una gran aficionada a pegarme una patada por el culo y aventarme al subsuelo de las cortesías. Te imagino feliz echándome arena hirviendo en los ojos para luego ensartarme minuciosamente, uno por uno, un centenar de alfileres en cualquier confianza visible. Sin el menor pudor y a la primera oportunidad (que yo siempre coloco, debo aceptarlo) te encargas de apretujar cada confesión mía, deshojarla con sumo cuidado, luego la pisoteas, la escupes y brincas sobre ella con un gran gusto para al fin darte la vuelta, sentarte cómoda, estirar los pies y bostezar.
Y para mostrarte que mi estupidez es infinita (infinita en sus excesos, dicen por ahí), aquí tienes otras cuantas palabras que no pretenden sino confesarte unos pocos lados de esos que me has sacado por ser… cómo explicarte… encantadora, inevitablemente fascinante. Puedes hacer con ellas lo que quieras: reviéntalas, mordisquéalas, córtalas en tiras, ponlas a secar en el sol, guárdalas detrás de un cuadro, cuélgalas en tu puerta, mételas en el último cajón del escritorio o simplemente déjalas entre las páginas de un libro abandonado para que puedas olerlas –conocer su verdadero aroma– allá por el 2020, cuando lo abras por casualidad. Aquí las tienes, son tuyas.
Bellísima (Eduardo Lizalde)
Oigame usted, bellísima,
no soporto su amor.
Míreme, observe de qué modo
su amor daña y destruye.
Si fuera usted un poco menos bella,
si tuviera un defecto en algún sitio,
un dedo mutilado y evidente,
alguna cosa ríspida en la voz,
una pequeña cicatriz junto a esos labios
de fruta en movimiento,
una peca en el alma,
una mala pincelada imperceptible
en la sonrisa...
yo podría tolerarla.
“Fue la única ocasión en que me sentí vivir en pleno, como un animal nuevo y despierto, ágil, sensible, aunque horriblemente preocupado. Estaba, cómo explicarte, deslumbrado ante esos inesperados matices de posesión y de ternura que descubría en los menos comunicables de mis pensamientos. Pasaba como un fantasma por mi empleo, por la calle, por mi casa. Estaba enamorado como puede estarlo un chico de su maestra, o de la amiga de su hermana mayor. ¿Cómo era ella? Bah, era inculta, primaria, pero tenía una sabiduría instintiva que la hacía intocable, una sensibilidad que convertía en perfecto todo cuanto hacía. Hablaba sin gran elocuencia, un poco a balbuceos, pero poseía la elocuencia más difícil: la de las actitudes. Frente al problema más intrincado, su actitud era siempre irreprochable. Tenía un increíble olfato de lo que estaba bien. Un desequilibrio que a la postre me resultó intolerable […] Yo tenía una horrible conciencia de no ser tomado en serio. Pero mi amor, llamémosle así, tampoco era limpio. Estaba, cómo te diré, contaminado de respeto. Y así no se puede, claro. Quizá ella tenía la horrible sensación de ser tomada en serio. Nunca se sabe. De todos modos, era un desequilibrio”. Mario Benedetti
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8 de enero de 2007
Confesiones (2a entrega)
Porque te escondes dulce en el orgullo
pequeña y dulce
corazón coraza
M. Benedetti.

He de confesarte que yo había descartado toda posibilidad de tu presencia en mis acostumbrados desvaríos de una tarde cualquiera. Me trataba de convencer a mí mismo repitiéndome al infinito: “cada vez iré sintiendo menos y olvidando más”. No obstante, en el subsuelo irracional que desmiente nuestros actos obligados y embusteros, allí, en ese fondo duramente veraz y voraz, no estás nunca descartada.
Entonces te soñé otra vez a la menor provocación. Apenas nos separaban unas cuadras ese viernes, después de esa tarjeta y el abrazo, apenas te alejabas y mi pena te extrañaba y gritaba ser, pese a todo, otra cosa más honda y cierta por detrás y por debajo. Y es que ese abrazo –cualquier abrazo para ti, lo tengo claro– de diciembre y “un placer” (¿recuerdas?)… Tú subiéndote a tu carro y yo lleno, completamente lleno y contenido de unas enormes ganas por abrazarte otra hora más y susurrarte como entre sueños que aquí estoy y que por vos sigo con el pecho ardiendo y con un mundo del otro lado del mundo para vos y para mí sobre la palma de mi mano.
Me resigné a no decir nada ante la sospecha de que no me hablarías (como cuando la primera confesión) al volver en enero o tal vez esa misma tarde, y no me quedó sino desear y desear y jugar de nuevo a imaginar, tan sólo imaginar. Me vi golpeando a tu puerta y te supuse recibiéndome –sí, exactamente así– con esos ojos reticentes y tus labios invencibles a punto de burlarse, me decías: “te esperaba”. Luego cerrabas la puerta y el mundo entero era inexistente. Porque de ahí no salía nunca, nunca, nunca, aunque el tiempo se hartara de correr. Yo me sentaba en el sillón y descubría a mis anchas tus ojos y tus caderas y luego tomaba con mis manos tu rostro y tu cuerpo entero y después de contemplarlo durante cuatro siglos, lo depositaba con cuidado, con ternura, sobre mi pecho.
No. No tienes que decir nada, ni siquiera pensar algo. Esto es muy mío, una vacilada sólo para mí. Mira que ponerme a soñarme esperándote en un café con una caja de chocolates y mil abrazos o en una esquina con un ramo de flores y esta carta. Mira que pensar que me querrías por pegar un brinco de aquí al otro lado la ciudad sólo porque vos me lo pides. No, no, no. Sé que estallar con tu figura no basta. Sé que nada de lo que haga es suficiente porque para empezar eres como esa estrella que ni siquiera sabemos –sé– que existe. Eres eso tan hermoso –tan increíblemente lindo– que te pienso muy lejos y distante y a la vez reconfortante hasta el suspiro.
La tuya es una belleza que, no sé, lo deja a uno pasmado por cuadras y cuadras hasta que por tanta distancia uno piensa que nada fue verdad. Tienes una belleza que de una manera silenciosa le encanta la vida al otro, aunque sea por un instante, aquél en que tu cuerpo ágil y radiante se desliza por el aire frente a uno y el tiempo se hace trizas y las angustias van cayendo en pedazos y las estrellas que crispan el alma se desbaratan una por una a lo lejos en el cielo. Por eso no te pido más; no te pido nada en realidad.
No me hace falta pensar en la fórmula, el secreto, la estrategia para acercarme a ti. Me basta con tu contoneo, tu manera tan misteriosa de salir del elevador y encender la luz de tu oficina y a veces –pocas veces– saludar. Tú y tu manera de desplazarte, tus pasos, tu meneo tan dulce y enérgico son suficientes. Basta con que te aparezcas y sonrías orgullosa y tierna, dulce y digna. Es todo lo que necesito para que me reinventes las utopías. Tampoco hacen falta tus desdenes, tu soberbia y ese mandarme a los suburbios de tu vista. Tú y esa costumbre de burlar(te) y evadir estas pobres ansias mías por verte y saber que estás ahí, lejos pero ahí, donde puedo contemplarte desde mi escritorio con los sueños colgando como baba. Está de más esa manera tuya que tienes de relegarme y arrastrarme tan indiferente por semanas enteras hasta donde apenas y me levanto para volver a mirarte y otra vez desvanecerme.
Incluso estas palabras eran innecesarias porque yo frente a vos siempre saldré perdiendo y no quedaré tranquilo como se supone quedan los confesos. Te has pegado tan al fondo que siempre me iré en las noches a caminar por ahí y a soñar un rato que en una de esas, un buen día por la mañana, te encontraré dentro de mi habitación. Pero sólo soñar un rato para que al otro día en punto de las diez pueda otra vez callar e improvisarme un semblante y escucharte llegar por el elevador y mirar desde lejos cómo enciendes la luz de tu oficina y estas ganas eternas y cobardes de volver a confesártelo todo.
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2 de enero de 2007
16 de noviembre de 2006
No es una esposa
No estamos acostumbrados. Preferimos el orgullo, los cuellos erguidos y el análisis. Tenemos la osadía de jugar al dios y echarnos a reír. Es una pena. No sabemos escapar de nosotros mismos y de nuestra herencia de cientos de años de excremento moral occidental: supuesto epicentro desde donde contemplamos todo y creemos mover los hilos a nuestro antojo. Decidimos suponer que desde ahí lo controlamos todo, creemos en la línea recta, en lo preciso y en la transparencia, y entonces creemos que nuestra identidad está ahí, inerme, esperando ser abordada y ya, como una esposa abnegada con las piernas abiertas y tibias y con la boca exacta e intacta. No. No es así.
Pero no estamos acostumbrados a aceptarlo. Nadie quiere terminar bajo sus propios escombros; nadie quiere que su carne, vísceras, pelo, poros y la memoria caigan justo en nuestros pies. Supongo que es como saberse un poco más muerto, porque aún hay algo vivo que sabemos que se irá en picada y se clavará putrefacto en algún pequeño rincón. De ahí el intento constante por enterrar, o cuando menos disimular, lo que nos recuerda que somos repugnantes, el horror por lo que quizá siempre hemos sido. De algún modo nos hemos acostumbrado a ocultarnos.
Conozco algunas mañas que sirven para esconder lo que hay entre nosotros y nosotros. Usamos títulos nobiliarios, académicos o religiosos. Nos arropamos de categorías mandadas a hilvanar a nuestro propio gusto (bien, mal, bueno, malo, hijo de puta, un santo, los cuerdos y los locos, quien gana y quien pierde). A veces me parece que tomamos las clasificaciones como fuga o, en el mejor de los casos, como velo. Solemos usar las palabras para negar lo indecible. Con ellas creemos tener completa visibilidad y control, pero estamos lejos, es una falacia. Rebotamos de un rincón a otro, como buscando un lugar seguro para escapar de nosotros mismos sin lograrlo jamás. Para un cuerpo lleno de pus, con llagas agusanadas, no basta una buena gabardina.
Sin embargo hay un camino para perdernos miedo y botar las falsedades. Para arribar a él no se llega en un autobús de primera clase, donde te sirven café caliente y puedes estirar los pies hasta que quieras encogerlos por puro gusto. En ese camino necesitamos retorcernos en nuestra propia sangre: el punto está en reconocernos con una enorme y linda capacidad para orinar sobre el otro. Somos eso que tiembla y tiene escalofríos y los puños tensos, listos para desbaratarnos entre sí. Somos el seminarista pederasta con sus sermones podridos y absurdos, la mujer de las páginas de sociales que se acuesta en moteles de trescientos pesos y no con su marido, el violador que por las mañanas clases da clases ejemplares. Todos esos personajes somos nosotros: locos, estúpidos, enfermos, malvados, mentirosos, asesinos, fantasmas, demonios, el cerdo. Todo eso es nuestra piel y más adentro. Y lo somos porque en el fondo nos regocijamos y emergemos auténticos en esas facetas.
Caben matices, pero esos no los haré. Lo importante ahora es decir que casi todo lo humano, al menos en los últimos quinientos años de historia occidental, lo construimos sobre la soberbia, esa torre desde donde pretendemos ignorar nuestra bestialidad, ya sea con buenos modales, vestimenta fina, perfume, solapas bien planchadas, limosnas, democracia, detalles y tantas otras cosas que encubren la intensión por enterrar sigilosamente al otro que no es sino nosotros mismos (por eso no toleramos a quien lo hace abiertamente).
Siempre estaremos con nuestra bestialidad ahí, en el rincón pero latentes, alimentando a aquélla con su propia opresión. Ahí mismo, en las grietas, en medio de cada momento, se asomará un ejemplar de hombre que no será sino el hombre mismo que deambula en y con nosotros: socarrón pero temeroso, áspero y mórbido, cordial al tiempo que bestial. Las identidades humanas encontradas mutan en un solo cuadro, bajan y de pronto suben, chocan o se protegen entre sí, se mezclan, son como una nube invadiendo un día soleado o viceversa. Somos una figura y otra, a veces con armonía, casi siempre sin lógica. El mundo y nosotros mismos estamos tejidos de demonios celestiales, como el querubín que esconde sus piernas en el infierno. La identidad, entonces, es aquella pared imaginaria que une/divide a la iglesia de la cárcel.
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Juntos hasta en la muerte
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2 de octubre de 2006
Remolinos
Estaba colocado en el punto exacto que el plan señalaba para matar a la persona sin ningún problema. Sus jefes habían observado durante mucho tiempo las rutinas de la víctima. Ésta siempre salía del edificio de enfrente a la misma hora. Bastaba con que él la esperara ahí con el arma de fuego silenciosa y dispuesta. Él nunca le había visto, pero las descripciones eran precisas: blanco, pelo cano, estatura mediana y regordete, además se dirigiría hacia un automóvil negro. Acababa de colocarse el pasamontañas para evitar que su rostro se impregnara en alguna mirada, cuando su blanco apareció por la puerta, acompañado de otro hombre moreno y alto. Soltó el rifle, como si las fuerzas se le hubieran escapado de pronto. Estaba desconcertado y paralizado. La respiración se le escapó por un momento. El tipo al que debía matar guardaba un enorme parecido con él mismo, incluso llevaba una camisa a cuadros y arrugada, como él solía usarlas. Levantó el arma deprisa y se la acomodó bajo el brazo. Tenía que cumplir con su trabajo a como diera lugar. Los dos individuos ya estaban al lado del carro. El acompañante era el jefe de la mafia contraria a la suya. Empezaba a entender por qué le encomendaron el trabajo a él. Colocó el centro de la mirilla exactamente en el pecho del hombre blanco y rechoncho. Al tiempo que su dedo índice acarició el gatillo, se escuchó un fuerte estruendo que le hizo echarse hacia atrás.
Se quitó el pasamontañas y, cuando abrió los ojos, no podía ver con la misma claridad. Los talló desesperadamente pero en vano fue, pues sólo lograba apreciar figuras deformes, accidentadas y sin orden. Era como si todo se hubiera derretido y a la vez suspendido. Los colores tenían matices impuros, unos se mezclaban con otros, hacían una especie de remolino dando la sensación de movimiento continuo. Todo se superponía, todo se desbordaba a sí mismo. Apenas alcanzaba a distinguir la silueta de algunas cosas, entre ellas la del sujeto al que debía quitarle la vida. Quiso recoger el arma pero ella también parecía escurrirse y rehacerse en otra cosa. Pensó que así no le serviría de mucho. Fue tras el hombre y su acompañante, bajó de la azotea del edificio apresuradamente. Necesitaba alcanzarlo, tenerlo de frente para asesinarlo y cobrar el fajo de billetes que le prometieron y de paso salvar su propia vida, pues si no lograba cumplir la orden él sería la víctima. Al llegar a la avenida, no vio a nadie. ¿Por qué estoy viendo todo así? –se preguntó–. Por primera vez sintió miedo. Aquellas formas insulsas y fatuas le provocaban ansiedad. Dio vuelta a la derecha en la primera calle y en ese momento vio el vehículo del hombre, estaba esperando el verde del semáforo. Corrió hacia él antes de que pudiera escapársele. Llegó a la esquina agitado, con el sudor deslizándose sobre su frente y todavía con la angustia en la sangre. Metió su mano derecha debajo de la gabardina gris que llevaba puesta, se acercó lentamente al carro negro pero el verde del semáforo se anticipó a él. Se había escapado de nuevo.
Enfadado consigo mismo por fallar, se dirigió hacia el parque al que solía acudir para escapar por un momento de todo olor a asesinato, venganza, whisky, tabaco, pólvora, cocaína. Quería la compañía del silencio y nada más. Pasó varias horas en ese lugar. Se reclamó su estupidez demostrada al no poder concretar su objetivo. Había matado a otras gentes en condiciones más difíciles. Este caso era simple, muy simple. Eso sí, nunca su vista había sufrido tal distorsión. No se explicaba qué pasó para que su sentido se nublara de tal forma. Empezaba a marearse, a no soportar la angustia que le causaba ver todo descompuesto: árboles con troncos diminutos y ramas espesas, diluyéndose en sí mismos, con tonos que se desplazan de un lugar a otro, cuyos márgenes se ensanchan y repliegan con ondulación, con un movimiento parecido al de la orilla del mar. Los sonidos no se salvaron de la misma suerte. Eran múltiples ecos rebotando de un lado a otro, lenta o velozmente. A veces parecía que escuchaba las palabras al revés. Aún así, podía –no sin dificultad– descifrar lo que tenía frente a él. En medio de ese mundo distinto, nuevo, pervertido, no podía dejar de pensar en su error, en el hombre regordete y en el jefe de la banda enemiga. Alguna vez estuvo bajo las órdenes del último. En su juventud, cuando dejó la escuela, le fue casi imposible conseguir empleo, si no es por ese hombre hubiese muerto de hambre. Cuando nadie quiso emplearlo, ese hombre, el que ahora apareció junto a la víctima, le tendió la mano, haciéndolo su aprendiz, su discípulo, hasta que un buen día se rehusó a cumplir una orden…
Había llegado de uno de los barrios que estaban bajo el control de su camarilla. Tuvo que matar a unos cuantos rufianes que querían apoderarse del lugar mediante la venta de drogas y armas de contrabando. La operación fue sencilla. Únicamente localizaron el centro de operaciones y los atraparon ahí. Eran tres muchachos como de veinte años, más o menos de la misma edad que él, con la arrogancia en la boca, aguerridos de verdad, pero con la inexperiencia en los pies. Cuando entró, el jefe ya lo esperaba, como de costumbre, con un whisky escocés y un par de puros cubanos. Estrechó su mano con dureza, le dio un fuerte abrazo y le mostró sus regalos. Habiéndose terminado la botella, él esperaba su respectivo pago. Sin embargo, el jefe se incorporó, le pidió que hiciera lo mismo, le tomó por el brazo y caminó con él hacia la oficina. Le pidió que tomara con calma la siguiente tarea que le sería asignada. Era la más difícil –hasta entonces– que tendría que cumplir. Le pidió que matara a su propio hermano, puesto que había traicionado al grupo. No supo qué decir en ese instante, pero segundos después su respuesta fue negativa. No podía hacer semejante cosa. No mataría a la persona que siempre había estado con él. Le pidió al jefe que se asegurara que su hermano, efectivamente, había cometido una traición. Él no lo iba a matar. La amenaza no tardó en asomar la cabeza. “Si no lo matas, te mueres”, le advirtió. El único camino con salida, pensó, era matar al jefe en ese momento. Desenterró la pistola de su camisa a cuadros y apuntó…
¡Noooooo! ¡Judeeeeo, deteeeente¡ ¡Qué diaaaablos te paaaasa! Judeo escuchó su nombre y otros ecos, mientras recargaba su espalda en la banca del parque. El movimiento de la voz no le permitía ubicarla. Miró alrededor del parque con el terror más intenso de su vida. ¿Quién estaría gritando su nombre en ese lugar?, se preguntaba. ¿Habría alguien allí que se llamara igual que él? ¡Muchaaaacho, te he dichoooo que baaaajes el armaaaa, podeeeemos llegaaaar a un acueeeerdoooo! Al parecer, los gritos venían de la bodega que está a un costado del jardín. Prontamente, cruzó la calle y colocó su oído sobre la cortina del local para verificar que de ahí salía la voz. Un disparo, dos más. Pudo abrir la puerta pues sólo estaba emparejada. Allí dentro, su nublada visión se apagó por completo. Los colores insensatos dieron paso a una oscuridad infinitamente densa. Se golpeó contra una pared, luego con un objeto grande. Aparentemente cruzó una puerta. Se trastabilló con otro cuerpo, cuyo calor parecía humano, cuya humedad parecía sudor humano, sólo que más viscoso y caliente. Por fin se topó con otra persona, pudo percibir su agitada respiración. Dedujo que se trataba del asesino. Lo tocó e inmediatamente lanzó su cuerpo contra él. Pensó que era mejor matarlo antes de que también acabara con él. Al poco rato, Judeo cruzó la puerta con el cuerpo en llagas. Su velada visión regresó gradualmente. Pudo reconocer el carro aparcado dentro de la bodega, era el carro negro. Al salir del lugar, su figura se fundió con su mirada. Su cuerpo se arremolinó en sí mismo, su color ya no era uno, se había descompuesto en muchos, no escuchaba su propia voz: flotó y se diluyó en el viento.
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Israel Piña
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Una Chingadera
Como todos las mañanas, apenas pude levantarme de la cama. Los ojos me pesaban como la conciencia. El cuerpo parecía ajeno a mí. Ningún rayo intenso de sol que me obligara a despertar. Nada; solo yo y mi estado psicológico que está entre lo real y la fantasía. Quizá sea eso lo que me gusta, ni soñar ni despertar por completo: agonía
De hecho dormí muy poco. Me recosté de madrugada, pero únicamente me enredaba en imágenes tontas o crueles, todas irónicas. Y entre todas ellas, había un sentimiento de haber dejado algo inconcluso (¿acaso existe la conclusión?). No sé bien a bien si fue mi libro pendiente o las palabras ambiguas que escuché por la tarde: lecturas por hacer.
Todo en el universo está por hacerse. “Esto lo estoy tocando mañana”, diría un personaje de esos ojos separados. Todo está por venir. Quizá esa sea siempre nuestra percepción porque esperamos imágenes ideales. Nunca la contradicción. Pero, ¡oh desgracia!, ni el tiempo ni la idea pura existen; lo más parecido a ella es la muerte.
El cosmos es fricción. El big-bang es (y digo “es” porque sigue en proceso silencioso) resultado de la fricción incesante entre partículas. El calor tiene su origen en la misma situación. Hasta en la estructura del agua sólida hay movimiento; mínimo pero existe. Entonces, ¿por qué construir la ilusión del equilibrio negando la contradicción? El camino no es la negación, sino la aceptación de lo irremediable.
El tiempo es una de dichas negaciones. El tiempo cuantificado no existe, es una invención del hombre para negar al dios Caos. Invención primitiva, reacción salvaje. De un manotazo hemos pretendido separar al tiempo del espacio para liberarnos de la angustia.
¿Qué pasaría si aceptamos que las tres dimensiones espaciales y el tiempo son indisolubles (el tiempo como la cuarta dimensión)? Los tiempos se multiplican. Hay tantos tiempos como espacios: cuerpos. El tiempo es una sensación del cuerpo; por lo tanto no podemos aprisionarlo en una sucesión numérica. Tiempo cuerpo. Cuerpo tiempo. Fragmentos y totalidad.
Aunque el tiempo se multiplica no deja de conservar su unidad. Se trata de una pelota multicolor, con distintas texturas y tonos; como nuestro planeta. Esto es, la unidad se entreteje de muchas y contradictorias ideas. Más aún, de las asperezas surgen las ideas: movimiento continuo y discontinuo.
¿Te imaginas el contacto entre dos o más superficies (ideas) absolutamente lisas (coherentes)? No hay fricción, no hay sensación. Hay movimiento pero uniforme: efímero. Es como si una mano recorriera tu piel y tú jamás la sintieras. ¿Qué aburrido, no? Fastidioso lo acabado, tedioso lo coherente.
De entre las grietas que producen los choques, emergen los cabellos y los ojos de lo vivo. De entre los estragos que provoca el movimiento nacen los bellos erizados y las gargantas nauseabundas: la sangre corre, el corazón palpita, el cielo se resbala, el agua vuela, los sexos se acarician, el cuerpo suda, las pupilas se dilatan y contraen, las lágrimas brincan, los dedos tamborilean.
El mundo… nosotros… somos acuosos. No hay coherencia, no hay absoluto. El lenguaje puramente referencial es un cuento. La semántica asesina cualquier ortografía y sintaxis perfectas. El antiheroe, la poesía. El sentido unívoco no existe, ni en los chistes. Siempre hay otro camino para inventar/interpretar. Es doloroso, es cierto, como en todas las fracturas.
En la posibilidad siempre gobierna la angustia y la incertidumbre. Cuando el horizonte no existe, no hay línea a la cual colgar tu existencia. Peor/mejor aún: cuando sabes que puede haber muchos horizontes las líneas de tu cuerpo se rompen; de entre ellas brota sangre, dolor. Un cuerpo sin sangre es un cadáver. Un cuerpo que duele y goza es un cuerpo vivo.
Así que… muera la coherencia absoluta… muera la muerte la muerte de lo infinito… muera lo eterno:
...si algún día ves a Dios, escúpelo a la cara porque Él será el culpable de que el mundo/mundos (sentidos) muera en seis días.
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Israel Piña
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A una golfa
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Mundos enlatados
¡Ah! Pero algunos de ellos poseían características todavía más problemáticas, aunque más placenteras y más dolorosas de lo que hoy conocemos como placer y dolor: sentimientos e imaginación. Éstas, nada tienen que ver con producir eficientemente el producto que te tocó elaborar durante tu existencia (a propósito de existencias, su esperanza de vida era diez veces menos que la tuya); se parecen más a lo que provoca una gota de agua –cuando llega a caer– o un gramo de ceniza viva en los pequeños centímetros de carne que tenemos en el cuerpo. De ese mundo, en verdad te digo, ya nada queda.
Pero nosotros ponemos a tu alcance eso que hasta hoy conoces sólo porque te lo han contado o lo has visto en un disco multimedia. Ya puedes experimentar un sueño, puedes amar, puedes soltar una estrepitosa risa, tal vez llorar o quizá odiar. Si lo prefieres, dolor también puedes pasar. Después de largas y costosas investigaciones, un grupo de expertos en biogenética logró producir una sustancia química muy similar a la que se generaba en el cerebro de aquellos humanos, para luego introducirla en un bonito envase de aluminio. Ahora, puedes adquirir este producto en cualquier centro comercial.
Contamos con una larga lista de emociones y sueños, muchos de ellos hasta ahora desconocidos para ti: podemos llevarte hasta un sillón colocado frente a un ventanal que enmarca árboles de grueso tronco con faldas de hojarasca, donde podrás disfrutar de un buen ejemplar de Cervantes o de alguna pieza de Mozart. Podemos obsequiarte una caminata nocturna por las extintas calles empedradas con olor a caoba. Tal vez quieras sentir un amanecer sumergido en lo que llamaban bosque. O quizá quieras sentir lo que la gente sentía al conversar con los amigos o pasar sus dedos por la piel de la pareja.
Con nuestros productos puedes imaginar un sin fin de mundos posibles, todos previamente clasificados y codificados para evitar un descontrol. Mas no desechamos la posibilidad de que tú realices pedidos especiales. Si, por ejemplo, no te satisface una lata que te lleve a nadar en el agua cristalina de un río o de una playa, de esas que hace años desaparecieron, puedes solicitarnos –vía galaxinet, por su puesto– el escenario que te gustaría disfrutar, anexando la fuente documental donde supiste de él.
Si tú quieres y tus arcas lo permiten, también te ofrecemos la sustancia química pura, es decir, no se trata de un sueño en específico ni de un sentimiento previamente seleccionado. Simplemente consumes la sustancia activa en bruto y el ambiente surge, como si hubiera estado escondido durante años esperando la llave correcta para escapar. No hay nada previo en el envase, todo lo construyes tú: eres la génesis, las manos de alfarero y el ocaso de lo que consigas.
Por recurrir a la nostalgia del pasado, el producto que hemos logrado confeccionar, hemos sido atacados por los sectores más letrados de la sociedad, lo han calificado de anti-moderno, de atentar contra los valores universales del hombre y, por lo tanto, de socavar el orden conseguido con al inversión de tatos esfuerzos durante decenios. Lo cierto es que más allá de desafiar el statu quo de nuestro mundo, esta innovación mercantil permitirá dos cuestiones: controlar lo que otro pudiera mal usar y, dos, enfrentar a nuestros ciudadanos a la angustia de la imaginación para que valoren su rentable vida.
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Israel Piña
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Fantasmas
Entre la muerte y la vida se enredan infinidad de hilos por los que se desplaza el sentido. Se trata de trampas o bromas que le jugamos (¿o nos juega?) a las prisiones de este mundo, a las soberbias que tanto odio: racionalidad técnica instrumental y pragmatismo. Los distintos tonos entre el negro y el blanco nos pertenecen, por ellas tenemos oportunidad de deslizar lo que los formalismos desechan: deseo, placer, miedo, ansiedad, sollozo, amor, locura, absurdos, imaginación, pasión. Guanajuato es una ciudad levantada por dichos tonos o hilos. Ella en sí misma es uno de esos hilos. De ahí su capacidad para atraparnos. Es la ciudad de la locura, del pasado sangrando, de los fantasmas insatisfechos. ¿Seremos nosotros fantasmas insatisfechos? Tal vez; los fantasmas no tienen forma, se alejan de ella, la repugnan. Quizá por ello nuestro acercamiento se parezca más a la mezcla entre entes disipados que a una fórmula matemática. Qué le vamos a hacer, si ya caminamos por la “calle melancolía”.
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Israel Piña
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En la nuca
- El mundo está justo detrás de tu nuca, ¿lo sientes? No, que lo vas a sentir, ni siquiera imaginar. Siempre has sido el mismo que los demás pretenden que seas.
- No se trata de sentir nada. Cuando se sabe que ahí está como algo inevitable, no es necesario saber nada más. Siempre con tus complicaciones. ¿No puedes aceptar el mundo sin exigirle ideas a cambio.
- Estás muerto, Ignacio.
- ¿Y quién no lo está? ¿Tú crees que porque hablas estás vivo? Vaya equivocación. Eres muy... inocente. Sí, inocente, eso es lo que eres. Nunca se te ha ocurrido que eres un muerto o espíritu que camina en los dientes de otro que también se cree muy vivo pero que en realidad es un muerto más que forma parte del polvo de alguien que vivió realmente. Mira que eso de creerte verdadero.
- Mejor cállate ya que este frío cala como tú. Ya son dos días que no nos traen ni un pan duro. No han asomado ni puta palabra. Haber cuánto duramos a este paso.
- Y para qué quieres durar. Un millón de veces meter el cuerpo en la misma mierda. Es verdad que de vez en cuando debemos hacerlo y sangrar un poco, pero nosotros ya no tenemos ni una gota de sangre. Sería mejor estar muertos y que esto sólo sea un paso a algo más grande y menos inmundo y mañana, que puede ser dentro de mil años o hace cien, vos estés del otro lado del mundo, no el de la nunca (¿por qué detrás?), mejor en los ojos o la nariz o si quieres la boca.
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Israel Piña
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El aire era tibio
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Israel Piña
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Por última vez
Maribel lanzó un gemido. No conozco humedad más dulce que la de ella. Su sabor, vaya sabor, eterno e implacable. Su cuerpo tiene un vaporcito que te jala como un vórtice, vas y venís a su antojo, a su ritmo y urgencia. El mundo se desvanece, huye como espantado de tanta perfección. Es sólo por un instante, es cierto, pero el sexo jamás volverá a ser el mismo.
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Israel Piña
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18 de septiembre de 2006
Allá al fondo está la muerte, pero no tenga miedo. Sujete el reloj con una mano, tome con dos dedos la llave de la cuerda, remóntela suavemente. Ahora se abre otro plazo, los árboles despliegan sus hojas, las barcas corren regatas, el tiempo como un abanico se va llenando de sí mismo y de él brotan el aire, las brisas de la tierra, la sombra de una mujer, el perfume del pan.
Julio Cortázar


























