2 de octubre de 2006
Remolinos
Estaba colocado en el punto exacto que el plan señalaba para matar a la persona sin ningún problema. Sus jefes habían observado durante mucho tiempo las rutinas de la víctima. Ésta siempre salía del edificio de enfrente a la misma hora. Bastaba con que él la esperara ahí con el arma de fuego silenciosa y dispuesta. Él nunca le había visto, pero las descripciones eran precisas: blanco, pelo cano, estatura mediana y regordete, además se dirigiría hacia un automóvil negro. Acababa de colocarse el pasamontañas para evitar que su rostro se impregnara en alguna mirada, cuando su blanco apareció por la puerta, acompañado de otro hombre moreno y alto. Soltó el rifle, como si las fuerzas se le hubieran escapado de pronto. Estaba desconcertado y paralizado. La respiración se le escapó por un momento. El tipo al que debía matar guardaba un enorme parecido con él mismo, incluso llevaba una camisa a cuadros y arrugada, como él solía usarlas. Levantó el arma deprisa y se la acomodó bajo el brazo. Tenía que cumplir con su trabajo a como diera lugar. Los dos individuos ya estaban al lado del carro. El acompañante era el jefe de la mafia contraria a la suya. Empezaba a entender por qué le encomendaron el trabajo a él. Colocó el centro de la mirilla exactamente en el pecho del hombre blanco y rechoncho. Al tiempo que su dedo índice acarició el gatillo, se escuchó un fuerte estruendo que le hizo echarse hacia atrás.
Se quitó el pasamontañas y, cuando abrió los ojos, no podía ver con la misma claridad. Los talló desesperadamente pero en vano fue, pues sólo lograba apreciar figuras deformes, accidentadas y sin orden. Era como si todo se hubiera derretido y a la vez suspendido. Los colores tenían matices impuros, unos se mezclaban con otros, hacían una especie de remolino dando la sensación de movimiento continuo. Todo se superponía, todo se desbordaba a sí mismo. Apenas alcanzaba a distinguir la silueta de algunas cosas, entre ellas la del sujeto al que debía quitarle la vida. Quiso recoger el arma pero ella también parecía escurrirse y rehacerse en otra cosa. Pensó que así no le serviría de mucho. Fue tras el hombre y su acompañante, bajó de la azotea del edificio apresuradamente. Necesitaba alcanzarlo, tenerlo de frente para asesinarlo y cobrar el fajo de billetes que le prometieron y de paso salvar su propia vida, pues si no lograba cumplir la orden él sería la víctima. Al llegar a la avenida, no vio a nadie. ¿Por qué estoy viendo todo así? –se preguntó–. Por primera vez sintió miedo. Aquellas formas insulsas y fatuas le provocaban ansiedad. Dio vuelta a la derecha en la primera calle y en ese momento vio el vehículo del hombre, estaba esperando el verde del semáforo. Corrió hacia él antes de que pudiera escapársele. Llegó a la esquina agitado, con el sudor deslizándose sobre su frente y todavía con la angustia en la sangre. Metió su mano derecha debajo de la gabardina gris que llevaba puesta, se acercó lentamente al carro negro pero el verde del semáforo se anticipó a él. Se había escapado de nuevo.
Enfadado consigo mismo por fallar, se dirigió hacia el parque al que solía acudir para escapar por un momento de todo olor a asesinato, venganza, whisky, tabaco, pólvora, cocaína. Quería la compañía del silencio y nada más. Pasó varias horas en ese lugar. Se reclamó su estupidez demostrada al no poder concretar su objetivo. Había matado a otras gentes en condiciones más difíciles. Este caso era simple, muy simple. Eso sí, nunca su vista había sufrido tal distorsión. No se explicaba qué pasó para que su sentido se nublara de tal forma. Empezaba a marearse, a no soportar la angustia que le causaba ver todo descompuesto: árboles con troncos diminutos y ramas espesas, diluyéndose en sí mismos, con tonos que se desplazan de un lugar a otro, cuyos márgenes se ensanchan y repliegan con ondulación, con un movimiento parecido al de la orilla del mar. Los sonidos no se salvaron de la misma suerte. Eran múltiples ecos rebotando de un lado a otro, lenta o velozmente. A veces parecía que escuchaba las palabras al revés. Aún así, podía –no sin dificultad– descifrar lo que tenía frente a él. En medio de ese mundo distinto, nuevo, pervertido, no podía dejar de pensar en su error, en el hombre regordete y en el jefe de la banda enemiga. Alguna vez estuvo bajo las órdenes del último. En su juventud, cuando dejó la escuela, le fue casi imposible conseguir empleo, si no es por ese hombre hubiese muerto de hambre. Cuando nadie quiso emplearlo, ese hombre, el que ahora apareció junto a la víctima, le tendió la mano, haciéndolo su aprendiz, su discípulo, hasta que un buen día se rehusó a cumplir una orden…
Había llegado de uno de los barrios que estaban bajo el control de su camarilla. Tuvo que matar a unos cuantos rufianes que querían apoderarse del lugar mediante la venta de drogas y armas de contrabando. La operación fue sencilla. Únicamente localizaron el centro de operaciones y los atraparon ahí. Eran tres muchachos como de veinte años, más o menos de la misma edad que él, con la arrogancia en la boca, aguerridos de verdad, pero con la inexperiencia en los pies. Cuando entró, el jefe ya lo esperaba, como de costumbre, con un whisky escocés y un par de puros cubanos. Estrechó su mano con dureza, le dio un fuerte abrazo y le mostró sus regalos. Habiéndose terminado la botella, él esperaba su respectivo pago. Sin embargo, el jefe se incorporó, le pidió que hiciera lo mismo, le tomó por el brazo y caminó con él hacia la oficina. Le pidió que tomara con calma la siguiente tarea que le sería asignada. Era la más difícil –hasta entonces– que tendría que cumplir. Le pidió que matara a su propio hermano, puesto que había traicionado al grupo. No supo qué decir en ese instante, pero segundos después su respuesta fue negativa. No podía hacer semejante cosa. No mataría a la persona que siempre había estado con él. Le pidió al jefe que se asegurara que su hermano, efectivamente, había cometido una traición. Él no lo iba a matar. La amenaza no tardó en asomar la cabeza. “Si no lo matas, te mueres”, le advirtió. El único camino con salida, pensó, era matar al jefe en ese momento. Desenterró la pistola de su camisa a cuadros y apuntó…
¡Noooooo! ¡Judeeeeo, deteeeente¡ ¡Qué diaaaablos te paaaasa! Judeo escuchó su nombre y otros ecos, mientras recargaba su espalda en la banca del parque. El movimiento de la voz no le permitía ubicarla. Miró alrededor del parque con el terror más intenso de su vida. ¿Quién estaría gritando su nombre en ese lugar?, se preguntaba. ¿Habría alguien allí que se llamara igual que él? ¡Muchaaaacho, te he dichoooo que baaaajes el armaaaa, podeeeemos llegaaaar a un acueeeerdoooo! Al parecer, los gritos venían de la bodega que está a un costado del jardín. Prontamente, cruzó la calle y colocó su oído sobre la cortina del local para verificar que de ahí salía la voz. Un disparo, dos más. Pudo abrir la puerta pues sólo estaba emparejada. Allí dentro, su nublada visión se apagó por completo. Los colores insensatos dieron paso a una oscuridad infinitamente densa. Se golpeó contra una pared, luego con un objeto grande. Aparentemente cruzó una puerta. Se trastabilló con otro cuerpo, cuyo calor parecía humano, cuya humedad parecía sudor humano, sólo que más viscoso y caliente. Por fin se topó con otra persona, pudo percibir su agitada respiración. Dedujo que se trataba del asesino. Lo tocó e inmediatamente lanzó su cuerpo contra él. Pensó que era mejor matarlo antes de que también acabara con él. Al poco rato, Judeo cruzó la puerta con el cuerpo en llagas. Su velada visión regresó gradualmente. Pudo reconocer el carro aparcado dentro de la bodega, era el carro negro. Al salir del lugar, su figura se fundió con su mirada. Su cuerpo se arremolinó en sí mismo, su color ya no era uno, se había descompuesto en muchos, no escuchaba su propia voz: flotó y se diluyó en el viento.
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Una Chingadera
Como todos las mañanas, apenas pude levantarme de la cama. Los ojos me pesaban como la conciencia. El cuerpo parecía ajeno a mí. Ningún rayo intenso de sol que me obligara a despertar. Nada; solo yo y mi estado psicológico que está entre lo real y la fantasía. Quizá sea eso lo que me gusta, ni soñar ni despertar por completo: agonía
De hecho dormí muy poco. Me recosté de madrugada, pero únicamente me enredaba en imágenes tontas o crueles, todas irónicas. Y entre todas ellas, había un sentimiento de haber dejado algo inconcluso (¿acaso existe la conclusión?). No sé bien a bien si fue mi libro pendiente o las palabras ambiguas que escuché por la tarde: lecturas por hacer.
Todo en el universo está por hacerse. “Esto lo estoy tocando mañana”, diría un personaje de esos ojos separados. Todo está por venir. Quizá esa sea siempre nuestra percepción porque esperamos imágenes ideales. Nunca la contradicción. Pero, ¡oh desgracia!, ni el tiempo ni la idea pura existen; lo más parecido a ella es la muerte.
El cosmos es fricción. El big-bang es (y digo “es” porque sigue en proceso silencioso) resultado de la fricción incesante entre partículas. El calor tiene su origen en la misma situación. Hasta en la estructura del agua sólida hay movimiento; mínimo pero existe. Entonces, ¿por qué construir la ilusión del equilibrio negando la contradicción? El camino no es la negación, sino la aceptación de lo irremediable.
El tiempo es una de dichas negaciones. El tiempo cuantificado no existe, es una invención del hombre para negar al dios Caos. Invención primitiva, reacción salvaje. De un manotazo hemos pretendido separar al tiempo del espacio para liberarnos de la angustia.
¿Qué pasaría si aceptamos que las tres dimensiones espaciales y el tiempo son indisolubles (el tiempo como la cuarta dimensión)? Los tiempos se multiplican. Hay tantos tiempos como espacios: cuerpos. El tiempo es una sensación del cuerpo; por lo tanto no podemos aprisionarlo en una sucesión numérica. Tiempo cuerpo. Cuerpo tiempo. Fragmentos y totalidad.
Aunque el tiempo se multiplica no deja de conservar su unidad. Se trata de una pelota multicolor, con distintas texturas y tonos; como nuestro planeta. Esto es, la unidad se entreteje de muchas y contradictorias ideas. Más aún, de las asperezas surgen las ideas: movimiento continuo y discontinuo.
¿Te imaginas el contacto entre dos o más superficies (ideas) absolutamente lisas (coherentes)? No hay fricción, no hay sensación. Hay movimiento pero uniforme: efímero. Es como si una mano recorriera tu piel y tú jamás la sintieras. ¿Qué aburrido, no? Fastidioso lo acabado, tedioso lo coherente.
De entre las grietas que producen los choques, emergen los cabellos y los ojos de lo vivo. De entre los estragos que provoca el movimiento nacen los bellos erizados y las gargantas nauseabundas: la sangre corre, el corazón palpita, el cielo se resbala, el agua vuela, los sexos se acarician, el cuerpo suda, las pupilas se dilatan y contraen, las lágrimas brincan, los dedos tamborilean.
El mundo… nosotros… somos acuosos. No hay coherencia, no hay absoluto. El lenguaje puramente referencial es un cuento. La semántica asesina cualquier ortografía y sintaxis perfectas. El antiheroe, la poesía. El sentido unívoco no existe, ni en los chistes. Siempre hay otro camino para inventar/interpretar. Es doloroso, es cierto, como en todas las fracturas.
En la posibilidad siempre gobierna la angustia y la incertidumbre. Cuando el horizonte no existe, no hay línea a la cual colgar tu existencia. Peor/mejor aún: cuando sabes que puede haber muchos horizontes las líneas de tu cuerpo se rompen; de entre ellas brota sangre, dolor. Un cuerpo sin sangre es un cadáver. Un cuerpo que duele y goza es un cuerpo vivo.
Así que… muera la coherencia absoluta… muera la muerte la muerte de lo infinito… muera lo eterno:
...si algún día ves a Dios, escúpelo a la cara porque Él será el culpable de que el mundo/mundos (sentidos) muera en seis días.
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A una golfa
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Mundos enlatados
¡Ah! Pero algunos de ellos poseían características todavía más problemáticas, aunque más placenteras y más dolorosas de lo que hoy conocemos como placer y dolor: sentimientos e imaginación. Éstas, nada tienen que ver con producir eficientemente el producto que te tocó elaborar durante tu existencia (a propósito de existencias, su esperanza de vida era diez veces menos que la tuya); se parecen más a lo que provoca una gota de agua –cuando llega a caer– o un gramo de ceniza viva en los pequeños centímetros de carne que tenemos en el cuerpo. De ese mundo, en verdad te digo, ya nada queda.
Pero nosotros ponemos a tu alcance eso que hasta hoy conoces sólo porque te lo han contado o lo has visto en un disco multimedia. Ya puedes experimentar un sueño, puedes amar, puedes soltar una estrepitosa risa, tal vez llorar o quizá odiar. Si lo prefieres, dolor también puedes pasar. Después de largas y costosas investigaciones, un grupo de expertos en biogenética logró producir una sustancia química muy similar a la que se generaba en el cerebro de aquellos humanos, para luego introducirla en un bonito envase de aluminio. Ahora, puedes adquirir este producto en cualquier centro comercial.
Contamos con una larga lista de emociones y sueños, muchos de ellos hasta ahora desconocidos para ti: podemos llevarte hasta un sillón colocado frente a un ventanal que enmarca árboles de grueso tronco con faldas de hojarasca, donde podrás disfrutar de un buen ejemplar de Cervantes o de alguna pieza de Mozart. Podemos obsequiarte una caminata nocturna por las extintas calles empedradas con olor a caoba. Tal vez quieras sentir un amanecer sumergido en lo que llamaban bosque. O quizá quieras sentir lo que la gente sentía al conversar con los amigos o pasar sus dedos por la piel de la pareja.
Con nuestros productos puedes imaginar un sin fin de mundos posibles, todos previamente clasificados y codificados para evitar un descontrol. Mas no desechamos la posibilidad de que tú realices pedidos especiales. Si, por ejemplo, no te satisface una lata que te lleve a nadar en el agua cristalina de un río o de una playa, de esas que hace años desaparecieron, puedes solicitarnos –vía galaxinet, por su puesto– el escenario que te gustaría disfrutar, anexando la fuente documental donde supiste de él.
Si tú quieres y tus arcas lo permiten, también te ofrecemos la sustancia química pura, es decir, no se trata de un sueño en específico ni de un sentimiento previamente seleccionado. Simplemente consumes la sustancia activa en bruto y el ambiente surge, como si hubiera estado escondido durante años esperando la llave correcta para escapar. No hay nada previo en el envase, todo lo construyes tú: eres la génesis, las manos de alfarero y el ocaso de lo que consigas.
Por recurrir a la nostalgia del pasado, el producto que hemos logrado confeccionar, hemos sido atacados por los sectores más letrados de la sociedad, lo han calificado de anti-moderno, de atentar contra los valores universales del hombre y, por lo tanto, de socavar el orden conseguido con al inversión de tatos esfuerzos durante decenios. Lo cierto es que más allá de desafiar el statu quo de nuestro mundo, esta innovación mercantil permitirá dos cuestiones: controlar lo que otro pudiera mal usar y, dos, enfrentar a nuestros ciudadanos a la angustia de la imaginación para que valoren su rentable vida.
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Fantasmas
Entre la muerte y la vida se enredan infinidad de hilos por los que se desplaza el sentido. Se trata de trampas o bromas que le jugamos (¿o nos juega?) a las prisiones de este mundo, a las soberbias que tanto odio: racionalidad técnica instrumental y pragmatismo. Los distintos tonos entre el negro y el blanco nos pertenecen, por ellas tenemos oportunidad de deslizar lo que los formalismos desechan: deseo, placer, miedo, ansiedad, sollozo, amor, locura, absurdos, imaginación, pasión. Guanajuato es una ciudad levantada por dichos tonos o hilos. Ella en sí misma es uno de esos hilos. De ahí su capacidad para atraparnos. Es la ciudad de la locura, del pasado sangrando, de los fantasmas insatisfechos. ¿Seremos nosotros fantasmas insatisfechos? Tal vez; los fantasmas no tienen forma, se alejan de ella, la repugnan. Quizá por ello nuestro acercamiento se parezca más a la mezcla entre entes disipados que a una fórmula matemática. Qué le vamos a hacer, si ya caminamos por la “calle melancolía”.
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En la nuca
- El mundo está justo detrás de tu nuca, ¿lo sientes? No, que lo vas a sentir, ni siquiera imaginar. Siempre has sido el mismo que los demás pretenden que seas.
- No se trata de sentir nada. Cuando se sabe que ahí está como algo inevitable, no es necesario saber nada más. Siempre con tus complicaciones. ¿No puedes aceptar el mundo sin exigirle ideas a cambio.
- Estás muerto, Ignacio.
- ¿Y quién no lo está? ¿Tú crees que porque hablas estás vivo? Vaya equivocación. Eres muy... inocente. Sí, inocente, eso es lo que eres. Nunca se te ha ocurrido que eres un muerto o espíritu que camina en los dientes de otro que también se cree muy vivo pero que en realidad es un muerto más que forma parte del polvo de alguien que vivió realmente. Mira que eso de creerte verdadero.
- Mejor cállate ya que este frío cala como tú. Ya son dos días que no nos traen ni un pan duro. No han asomado ni puta palabra. Haber cuánto duramos a este paso.
- Y para qué quieres durar. Un millón de veces meter el cuerpo en la misma mierda. Es verdad que de vez en cuando debemos hacerlo y sangrar un poco, pero nosotros ya no tenemos ni una gota de sangre. Sería mejor estar muertos y que esto sólo sea un paso a algo más grande y menos inmundo y mañana, que puede ser dentro de mil años o hace cien, vos estés del otro lado del mundo, no el de la nunca (¿por qué detrás?), mejor en los ojos o la nariz o si quieres la boca.
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El aire era tibio
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Por última vez
Maribel lanzó un gemido. No conozco humedad más dulce que la de ella. Su sabor, vaya sabor, eterno e implacable. Su cuerpo tiene un vaporcito que te jala como un vórtice, vas y venís a su antojo, a su ritmo y urgencia. El mundo se desvanece, huye como espantado de tanta perfección. Es sólo por un instante, es cierto, pero el sexo jamás volverá a ser el mismo.
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18 de septiembre de 2006
En tu último minuto
Los pies te recuerdan que estás despierto. Uno, dos, tres pasos y apenas percibes la áspera textura y el calor del suelo, aunque son suficientes para saberte real. El sentimiento de tranquilidad que te moja la piel jamás había tardado tanto en evaporarse: aún hay restos de océano sobre tu cuerpo. Decides sentarte en la jardinera contigua a los murales; siempre te molestó pasar por ese corredor, pero ahora no te importa hacerlo porque el mundo ya no es el mismo. ¿Recuerdas la primera vez que pasaste por debajo de esas pinturas mal hechas? Los puestos ambulantes aún no invadían los pasillos de la escuela, nada de dulces, chocolates, donas, chicharrones, mucho menos discos, lectura de cartas y libros viejos. La librería tenía una sola puerta, la que está detrás de las bancas con tableros de ajedrez. Eso sí, los ejemplares siempre han tenido un precio por encima de lo admisible. La gente… esa todos los días es distinta, aunque se trate de las mismas personas. Mírate tú, ayer cruzaste por aquí con la mirada clavada al piso y los oídos en el pensamiento y con los hombros henchidos de tareas pendientes. Ahora te sientes como aquella playa que conociste cuando tenías seis años: en el horizonte se dibujaban cirros teñidos de azul y rojo, flotaban encima de la línea que avisa que el mar acaba; exactamente en ese punto intermedio, la oscuridad más densa anidaba y luego se desvanecía poco a poco hacia la orilla, no había más voces que la del viento, voz que te hallaba con una fuerza extraordinaria, que te acariciaba con una ternura inexplicable, que te envolvía creando una cápsula a tu alrededor; tenías la sensación de que tu cuerpo se negaba a la fuerza de gravedad, pero tus pies, por el contrario, cada vez más se adherían a la blanquezca arena.
Miras un poco a todas esas personas que se encuentran a tu alrededor, respiras con mayor fuerza para volver a comprobar que existes y que lo demás es cierto. Crees que no es suficiente, necesitas algo más simple que eso. Las cosas que uno hace mecánicamente en la vida real, cargadas de una lógica tan transparente que ya no es necesario pensarlas sino hacerlas, en los sueños se presentan con una gran distorsión irracional. Te inclinas para tomar tu mochila, pensando en que si abres el cierre correctamente, quedará descartada toda posibilidad de ilusión. Sin ningún problema, logras sacar el libro de poesía que has leído en los últimos días, lo abres al azar, no hay elección consciente, simplemente partes el volumen en la página que un ímpetu te indica. Comienzas a balbucear "Mi Vida Anterior" de Baudelaire: "Habité largo tiempo en pórticos grandiosos / por los soles del mar teñidos de cobalto…" Un poema justo para tu estado de ánimo. No puedes evitar la comparación entre los versos y la noche anterior. En ambos momentos hay una ventisca tan tranquilizante que se estrella sobre tu cara, con un ritmo que no corresponde al tiempo convencional marcado por un reloj. Es un ritmo que va más allá de las manecillas sobre unos números. No es posible medirlo, sólo sentirlo: se corta con tu espalda y regresa a ella por un costado tuyo, hace una especie de semicírculo donde tú eres la línea recta, va y viene, cambia de dirección, juega con tu ropa, agita tu escasa cabellera, te obliga a cerrar los ojos, una vuelta y otra sobre ti mismo y se impregna a tu piel. Entre cada palabra del poema se cuela la misma brisa que te asaltó unas horas antes, cuando sentado sobre el pasto húmedo, con tu espalda sobre un enorme pino, tus brazos apretaban tus piernas contra tu pecho y tu barbilla se hundía entre las rodillas, para esperar a que rompiera el día.
Atraviesas Florencia hasta llegar al Ángel, que se alza altivamente sobre Reforma, que reemplaza la sangre y la osadía por unas cuantas piedras y luces. Te sientas en las escaleras que dan hacia el norte, cuyo inicio está precedido por dos leones y una escultura del cura Hidalgo. Recuerdas la ocasión en que tu profesor de historia destrozó la representación que tenías del padre de la patria. Según él, nunca se tuvo pintura o dibujo alguno de Don Miguel Hidalgo, lo cual era un grave problema para los dueños del país. Cómo sostener que alguien existió de verdad cuando no se tiene ninguna imagen de él: si nadie lo aprecia, no existe -pensaban nuestros gobernantes. En esas condiciones le asignaron un rostro ajeno, que pertenecía a uno de los antiguos habitantes del Castillo de Chapultepec. Te estremeces en el recuerdo. Cómo es posible reducir un individuo a una máscara. Cómo negar la falta con una insulsa materialidad. No es más que ficción aunque no se acepte. El héroe que, supuestamente, nos dio patria es sólo una virtualidad. No entiendes por qué el hombre se empecina en otorgar un único cuerpo a las cosas, a los sujetos, al universo. No entiendes por qué ocultar el plasma que somos: cambiantes, móviles y mórbidos. Ya ves, al comenzar la noche añoraste música mexicana y cerveza, pero degustaste un café y el discurso de dos locos. Ahora gritas silencio para escuchar a tus entrañas palpitar. De pronto, una pareja se acerca a la base del monumento y detrás de éste aparece un grupo de mariachis. Ahí los tienes, no los reclamaste tú ni aquí pero están a tu lado. Disfrutas canción por canción. Disfrutas todo el acto. No es común encontrarse un escenario de este tipo y eso te deleita. Te retiras de ahí con un sentimiento agradable por ver un drama con actores que se mueven de su lugar asignado.
Entras a tu camioneta todavía con el corazón azorado, la espalda húmeda y el cuello contraído. La enciendes lo más rápido que puedes y sigues el mismo sentido en el que te encuentras. Hundes el pedal del acelerador hasta el fondo, pretendes que la velocidad arrolle la conmoción que desangra tu pecho. Cruzas toda la delegación, tras de ti quedan los edificios con formas provincianas: balcones abrazados por la herrería, escaleras con macetas atadas al barandal, portones con madera bañada en petróleo, muros teñidos con dos colores. Atrás se diluyen los callejones que corren hacia arriba y casi siempre viran a la diestra, produciendo sombras geométricas que parten desde el punto más alto de la esquina para luego caer en pendiente al suelo que alarga el camino. Rápidamente recorres las tonalidades que unen la luz con la oscuridad, los faroles con los árboles, las casas con los montes, las aceras con los arbustos. En fin, transitas por los vasos comunicantes que permiten reparar la coexistencia de los opuestos. A tus espaldas, el pueblo disminuye su tamaño, se contrae hasta desaparecer. Estás en medio del bosque, sobre una carretera rodeada por tres montañas, debajo de un cielo carente de estrellas y privado de luna. La luz de los faros de la camioneta es absorbida con facilidad por la espesa noche. A tan sólo dos metros de distancia tu vista se vuelve torpe. No hay ninguna evidencia para colgar tu confianza. Del camino recorrido sólo conservas imágenes. El camino por recorrer simplemente no existe. Intuyes que la carretera continúa varios kilómetros adentro, pero no puedes apreciarla. Mantienes el paso hasta que un letrero te avisa que la senda terminó. Realizas una maniobra para colocar el vehículo a la orilla y al final del camino que interna en los Dinamos.
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Suicidio
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15 de septiembre de 2006
Otra vez
Israel Piña
En fin, la pureza de quien no llegó a ser lo suficientemente impuro para saber qué cosa es la pureza. Nicolás Guillén.
Vi a esa hermosa mujer jadear y menearse encima de mí. Algunos dirán que eso es el paraíso, una suerte, qué disfrute. Sin embargo, en aquel momento quise salir corriendo. Ella gemía, incluso gritaba. A toda ella la tenía. Y yo… yo no sentí nada. Quizá una sensación, vacío, completamente vacío, con ansías de que todo terminara pronto. Lo peor fue que tuve que interrumpirlo todo, necesitaba escupir y enjuagarme la boca y volver a escupir. Un asco: es soledad. En el acto ésta se esconde y nos mira, burlona, detrás de las cortinas. En cuanto los cuerpos se separan, ¡b.a.n.g.!, sale y nos aplasta, y la sentimos más gorda y viscosa que antes. Entonces no soportamos la ternura, hasta el beso rehusamos. A veces estamos más solos después de fornicar. La carne firme y un pubis de ofrenda no son suficientes para paliar la tristeza. Se siente uno triste y ya, bajo la mierda. Así de simple; no es nada en especial. ¿Hay más? Hay un abismo entre hoy y hoy, un día más; dos, está bien; cinco, diez da igual, nos acostumbramos, pero no lo suficiente para no gritar, para olvidar que estamos vivos y empolvados y que siete pasos más y volaremos. ¿Adónde? No lo sé. El lugar no importa, la soledad en el fondo es la misma, siempre huele igual, algunas veces reemplaza su olor ácido por algo más blando. Hay veces que pasa eso. Sí, cómo no: la comida, una vagina húmeda, el trago de cerveza; aunque después, casi siempre y al instante, otra vez estemos con el cuerpo cercenado y la muerte entre las cejas. Qué más da. Lo primordial no es escapar por siempre, lo primordial es querer tentar la huída al infinito: la derrota perpetua. ¿Podría ser de otra forma? Imposible. Siempre me ha parecido ridícula, no ya imposible, esa noción del paraíso como la perenne felicidad, la perfección absoluta y desbordada. No es más que una proyección de nuestro deseo. Muchas veces intentamos adelantar el paraíso, traerlo a nuestros huesos: inventamos las bodas, los finales felices, los cuerpos perfectos, la comida sana, las vidas ejemplares, los científicos y sus teorías, los sacerdotes y sus santos. Ni siquiera reparamos en separar la cizaña del trigo porque desde siempre la negamos. Mas está ahí y a diario punza, crece y arde. Está ahí, como una linda mujer en su ataúd y con los ojos bien abiertos. Nos observa y luego suelta una tremenda carcajada. Pero supongamos que el paraíso existe: ¿sería tan bello como cuentan? ¿Tanta perfección es posible? Desde aquí puedo imaginarlo un fastidio, aburrido, un horror. Si todo hay en él y es perfecto, no queda (a quienes estén en él) más que esperar. El paraíso es el lugar adonde van los condenados a no desear. Todo se poseería, aunque no se haya elegido porque la elección indica carencia. Se elige algo porque no se tiene y en la elección algo queda vedado, de tal manera que siempre terminará por faltarnos algo para luego, casi de inmediato, comenzarlo a codiciar y con suerte sentir placer por un instante, tan sólo uno. En el paraíso no podría existir este vuelco, jamás se nos caería la baba por el olor a café, por unas nalgas contoneándose o por el firmamento desteñido. Para estremecerse hace falta pasar por aquí, por la tierra, reptar por ella como vil gusano a paso lento, retorcerse y levantarse en el fuego para al fin caer en cenizas y, otra vez, sentirse desdichado.
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Allá al fondo está la muerte, pero no tenga miedo. Sujete el reloj con una mano, tome con dos dedos la llave de la cuerda, remóntela suavemente. Ahora se abre otro plazo, los árboles despliegan sus hojas, las barcas corren regatas, el tiempo como un abanico se va llenando de sí mismo y de él brotan el aire, las brisas de la tierra, la sombra de una mujer, el perfume del pan.
Julio Cortázar







